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Archivo de la categoría: Cuentos

Un suceso inesperado

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Hace algún tiempo que no publico ningún cuento. Dicen que las musas existen, pero para que te ayuden, conviene que te encuentren trabajando.  A veces es difícil que se den ambas circunstancias, pero hete aquí que el día menos esperado, los astros se confabulan y sucede el milagro. O no.

Dicen que los calores del verano alteran los ánimos y el número de sucesos luctuosos se incrementa. O no.

Dicen que casi nunca la realidad coincide con lo que vemos. Que la mayoría de nosotros tiene una parte oculta que no siempre se descubre. O no.

Dicen también que esa realidad, por esperpéntica que sea, supera la ficción. O no.

Tal vez sea julio, o los astros, o las difíciles realidades que a menudo observo. Pero de la mezcla de todo eso, salió el cuento que os dejo.


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El vecino silencioso

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Hace cosa de un año, sucedió un hecho inesperado en el seno de mi familia. Un amigo de la infancia, recordando aquellos felices tiempos, se decidió a localizar a algunos de los niños con los que compartió juegos y aventuras. La mayoría seguía viviendo en la misma ciudad, pero a otros, el destino caprichoso los llevó lejos de allí. Con gran paciencia consiguió juntarnos a todos un lluvioso fin de semana y juntos rememoramos muchos  momentos alegres y otros tristes, porque alguno de esos niños nos dejó prematuramente.

Este cuento está escrito para nuestro querido Tomy, por todo lo que nos regaló ese día imposible de cuantificar. Por tantos y tantos recuerdos que evocamos. Esta es nuestra historia, la que vivimos juntos y aunque el silencioso vecino, protagonista del relato, tuviera otro nombre, todos conservamos su imagen en viejas fotografías y en un rinconcito  del corazón.

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Dos tiernos gorriones

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He podido observar que muchas personas  son muy dadas a decirse “te quiero” o “t.q.m.”, como suelen poner en los sms o correos que a menudo se envían. Da igual que al destinatario le hayan conocido la tarde anterior o sea un amigo de toda la vida. Me asombra la facilidad con que exteriorizan un sentimiento tan importante y -la mayoría de las veces- tan poco duradero en el tiempo. No  estoy muy segura de que realmente entiendan la magnitud de esas tres sencillas  palabras.

El “carpe diem” es su consigna y las vicisitudes o el sufrimiento no  entran en su concepto de  existencia. Hay que disfrutar el instante sin pensar en el futuro, por muy próximo que esté. Parece que la vida se les fuera a acabar unas horas después. Lo más curioso es que viendo las estadísticas, cada año aumenta el porcentaje de separaciones o divorcios.

Se han escrito muchísimas palabras sobre lo que es el amor. Borges decía que “Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única”. A un autor anónimo se le atribuye la frase ” Amor es encontrar en la felicidad de otro tu propia felicidad”.

¿Cuál sería su definición?  Creo que cada uno debe encontrar la suya, mas, por encima de todo, el amor debería ir   ligado a la entrega y a la lealtad.

Los protagonistas del cuento de hoy no son los amantes de las películas americanas, pero el suyo es un amor limpio y sin prejuicios.

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La pluma

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Me encanta Ismael Serrano, aunque mi hijo no lo crea. Las letras de sus canciones me parecen fantásticas y a menudo me siento identificada con muchas de las cosas que dice.  “Sucede que a veces” es una de ellas. Ciertamente en algunas ocasiones la vida mata y te encuentras solo, sin rumbo, sobre todo si esa puñalada trapera del destino te llega en la adolescencia y te trunca los sueños. Sin embargo, tanto  lo malo como lo bueno tiene fecha de caducidad y aunque el humo a veces  ciega los ojos, siempre ocurre algo que transforma, para bien, nuestro futuro.

De la misma canción, me gustan especialmente estos versos: “Pero sucede también que sin saber cómo ni cuándo, algo te eriza la piel y te rescata del naufragio”.

El cuento que os dejo hoy trata sobre eso: de cómo a veces el hecho más insignificante puede cambiar nuestra vida. Sólo hay que ser capaces de verlo.


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Renacer

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Estamos próximos a la fiesta de los difuntos. Tradicionalmente hemos conmemorado ese día visitando a nuestros familiares o amigos  fallecidos. Pero la influencia de otras culturas ha convertido esa fecha en una celebración diferente. “Halloween” se impone y los más jóvenes aprovechan el día 31 para disfrazarse de brujas, demonios o calabazas.

Para los creyentes la muerte no significa el final, sino el renacer a la vida verdadera. Y reflexionando sobre eso, he pensado que no siempre es necesario morir, en el sentido estricto de la palabra, para emerger de uno mismo. Hay quien dice que nacemos con un destino predeterminado. Es cierto que no podemos elegir ni el lugar ni la familia, ni siquiera las vivencias de nuestra niñez que determinarán como seremos de adultos. Pero llegado un punto de nuestra vida, si que podemos decidir si queremos continuar con el lastre impuesto o, por el contario, renacer para vivir una nueva existencia.

El cuento de hoy trata sobre eso, de cómo la luz que todos llevamos dentro, puede llegar a surgir de las tinieblas de nuestra vida. Lucía es su título y como dicen que una imagen vale tanto o más que mil palabras, os dejo una fotografía realizada por mi buen amigo Toni Cabré, cuyo blog podéis encontrar en esta página.


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Recuerdos

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Hace unos días escuché en la radio un programa que hablaba sobre los recuerdos más antiguos de nuestra vida que conservamos en la memoria. Las opiniones fueron de lo más variopintas. Alguno recordaba el olor de su madre cuando le amamantaba, otra la imagen del Rey Melchor que vió salir a escondidas de su dormitorio después de dejarle una preciosa muñeca de rizos dorados y ojos verdes. Decía tener tres años (la escuchante, que no la muñeca). Hubo quien comentó que el olor a desinfectante de hospital lo lleva grabado en la memoria desde que tenía un año, fecha en la que le extirparon las amígdalas. Escuchando a todos esos oyentes llegué a la conclusión de que la mayoría de los recuerdos que tenemos de nuestra más tierna infancia están asociados al sentido del olfato. Entonces me pregunté… ¿y aquellos que sufren anosmia, no conservan recuerdos? Afortunadamente no es así. Cierto que fue lo más comentado, pero los otros sentidos nos permiten guardar en nuestro cerebro, en “pequeñas cajitas”, aquellas cosas que por algún motivo fueron importantes para nosotros, aunque a día de hoy no podamos saber por qué.

Os voy a dejar escrito un pequeño cuento que habla sobre eso.

RECUERDOS

 

Era un caluroso sábado de mayo y me desperté más temprano de lo habitual. Por la ventana abierta llegaba  el aroma de las rosas que mi padre había plantado en el pequeño patio trasero de la casa. Empecé a desperezarme pensando en el maravilloso día que me esperaba. En la cocina se escuchaba el tintinear de los platos y tazas que mi madre debía estar colocando en la mesa para el desayuno. Me levanté de puntillas y me fui a asear, para que cuando viniera a despertarme me encontrara ya preparada.

—Beatriz, hija, arriba –me dijo al tiempo que asomaba la cabeza por la puerta del  dormitorio. —¡Vaya, qué madrugadora estás hoy, pero si te has vestido y todo ¡Cómo se nota que  es un día especial! —me dijo al tiempo que me pellizcaba dulcemente la mejilla. —Anda, ve ya a desayunar, que hoy te he preparado unas tostaditas de esas que tanto te gustan.

Ese día estábamos solas en casa, porque mis hermanos pequeños se habían marchado la tarde anterior con  la abuela, a fin de que nosotras tuviéramos tranquilidad para hacer esas compras con las que yo llevaba soñando desde hacía  más de un mes.

Al acabar el desayuno salimos andando hacia el metro. Mamá me llevaba cogida de la mano, algo completamente extraño para mí, ya que con tres hermanos que me precedían, las manos no le bastaban para controlarlos y siempre me tocaba andar a su lado vigilante de que ninguno de los pequeños se perdiera. Para una niña de mi edad, ir en metro era una aventura. Siempre que por alguna razón iba al centro de la ciudad  me parecía vivir uno de esos hermosos  viajes en tren que conocía por los libros, llenos de misterio, con paisajes maravillosos y gente distinguida que se dirigía a ciudades lejanas.

—Mamá, ¿cuántas estaciones hay hasta los almacenes?

—Doce, hija, pero no te preocupes, que no tardaremos mucho. Ya sé que estás deseosa de llegar.

El trayecto fue muy entretenido. El vagón iba repleto de gente y al principio tuve miedo de perderme entre la multitud, pero mi madre me agarró fuertemente la mano. ¡Qué suave era su tacto y cuánto me gustaba esa sensación! En la tercera estación subió un señor con una gaita de la que decía que salían notas mágicas. Era  muy dulce la música que sonaba,  aunque a mi lado iba una señora muy pintada que de tanto en cuanto nos miraba como para decirnos algo. No debía ser muy agradable  lo que pensaba del pobre hombre, porque tenía cara de estar muy enfadada.

Por fin llegamos a nuestro destino. Era la segunda vez que acudía a esos almacenes.  El escaparate estaba lleno de ropa colorida y veraniega.  Había camisas, pantalones, bañadores, toallas, zapatillas de playa, sombreros… ¡hasta habían colocado para adornarlo cubos, palas y flotadores! Yo no perdía ojo de nada y miraba extasiada los maniquís.

—Mira, mamá, ¡qué vestido tan bonito lleva! Y me gustan mucho el gorro y las zapatillas y los collares y…

Mi madre sonreía al verme tan maravillada. La verdad es que todo aquello era algo nuevo para mí y no podía compararse, en absoluto, con las tiendas de barrio a las que solíamos  ir a comprar la ropa para la familia.

Llegamos a la cuarta planta, a la sección de uniformes. ¡Había tantas y tantas cosas…! Yo miraba las falditas plisadas y los polos a juego. Eran como los de las revistas viejas que le daban a  mamá en la peluquería a la que iba muy de vez en cuando. Una dependienta sonriente y amable nos atendió de buen grado. Mi madre le pidió el uniforme que debíamos comprar. Recuerdo que yo estaba muy nerviosa y calladita. La señorita me miró y le dijo a mi madre:

—Una talla 8 más o menos. —Eso no me gustó.  ¡Ah, no, de talla 8 nada! Yo era la mayor de mis hermanos y  sin pensarlo un minuto se lo solté.

—No, no, qué va, yo tengo ya diez años. Mi hermana Lucía es la que tiene ocho y hemos venido a comprar el uniforme mi mamá y yo porque he tenido muy buenas notas y los profesores me han regalado un viaje a un sitio que está muy lejos, a muchas horas en tren. Es que nosotros somos pobres ¿sabe? Y voy a ir a un colegio de niñas ricas a pasar dos semanas, a una colonia de verano… Y mi mamá y yo hemos venido solas a comprar mucha ropa, de esa que sale en las revistas. Y toda  para mí.

¡Uf! Me salió de carrerilla y por poco me asfixio de hablar tan deprisa. A la dependienta casi le dio un ataque de risa, imagino que porque no estaba acostumbrada de ver tal despliegue de felicidad en la cara de una niña. Mi madre se ruborizó (al menos me pareció ver de reojo que tenía las mejillas encendidas) e intentó quitar hierro al asunto.

Al ratito la gentil señorita regresó con todo el equipo: una falda y un pantalón corto azul marino, dos camisas de manga corta blancas, dos jerseys de rayas azules y blancas, una chaqueta de lana azul marino y dos pares de zapatillas de tela.

—Mamá, ¿todo eso es para mí? —le pregunté con un hilo de voz. No sabía si llorar o gritar o darle besos a la dependienta y a mi madre a la vez.  En ese momento, se pusieron las dos a reír al unísono. Mi madre trató de disculparse, pero las palabras no le salían.

Cuando acabamos las compras, nos fuimos a tomar unas porras con chocolate a un bar cercano. Tantas emociones habían despertado un apetito feroz en mí. ¡Qué ricas estaban!, las mejores que había probado nunca, a pesar de que, cada domingo, era el desayuno con el que mi padre nos despertaba. Pero esas eran especiales. Eran para nosotras, no había que compartirlas con nadie.

Recuerdo con nostalgia las palabras que le dije a mi madre.

—Mamá ¿sabes una cosa?, estoy muy contenta, pero no  por toda esa ropa tan bonita que me has comprado, sino porque hoy estamos tú y yo solas. Eres otra mamá. No sé cómo explicártelo, pero me gusta mucho que me cojas la mano, porque normalmente no es así. Ya sé que soy la mayor y que Lucía o Luis o María te necesitan más, pero es que me gusta tanto que me quieras sólo a mí… 

Ella me acarició la mejilla con dulzura y me abrazó cálidamente. Aún hoy pienso que ese día fue el más maravilloso que viví en muchos años.

De mi infancia tengo recuerdos de sabores, de los platos que muy de tarde en tarde me preparaba mi madre. Exquisitos, maravillosos. El próximo día dejaré una receta de carne rellena que nunca he conseguido superar.