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MAMÁ ESPERANZA

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Hace mucho tiempo que no publico ningún cuento. Algunos tengo pergeñados, otros escritos, pero aún no es el momento de publicarlos.

Éste ganó un concurso y fue publicado en un libro, junto con otros cuatro cuentos más. Para mí fue un honor. Y, puesto que tantas veces mis seguidores me ha pedido que siga publicando, os lo dejo como pequeño obsequio navideño.

MAMÁ ESPERANZA

 

Eran Casi las ocho y media y aún estaba en camino. El día había amanecido plomizo y así seguía. La lluvia, incesante, apenas le dejaba ver la carretera.

“Maldita sea” –pensó Clara- “De nuevo llegaré tarde. Dios, ¿por qué siempre me pasa esto a mí?”

Circulaba por una vía secundaria, en su afán por evitar el tráfico que ese día -¡cómo no!- estaba imposible.

No pudo evitar que los recuerdos afloraran a su mente. El día era igual a aquel 10 de febrero. Habían pasado muchos años, pero todas las imágenes permanecían intactas en su retina.

Se estaba preparando para ir al gimnasio y el teléfono sonaba repetidamente. “Ahora quién será? Se dijo a si misma. La directora del elitista colegio al que iban sus hijos no sabía cómo darle la noticia. La voz le temblaba. A ella, una mujer tan férrea. Tenía casi sesenta años y siempre se había dedicado a la docencia. Su gran preparación y su don de gentes la habían llevado a dirigir ese centro al que solamente los privilegiados tenían acceso. “Doña Clara, sería conveniente que viniera a recoger su hijo Fernando. Parece que no se encuentra bien.” No supo cómo reaccionar, la actitud de la directora le pareció extraña. Nunca hubiera imaginado que esa mujer pudiera tener sentimientos. Inicialmente le incomodó, porque ese día empezaba sus clases de pádel (sus amigas le habían dicho que era lo último en deporte) y no quería llegar tarde a su cita con el profesor. De modo mecánico le preguntó si tan grave era, si no podía esperar a que la muchacha de servicio fuera a buscar al niño. La directora le dijo que el tiempo apremiaba. Eso la desconcertó, porque no era mujer dada al melodrama. Con voz cansina le dijo que iría inmediatamente al centro.

Recordaba el miedo en la cara de la profesora del niño, los rostros apesadumbrados de las otras compañeras que no sabían qué decirle. Y sobre todo, recordaba la carita de su hijo, su querubín, su más grande amor. Estaba inerte, parecía un muñequito de trapo dormido. Él, tan revoltoso siempre, tan inquieto. No hizo falta preguntar qué estaba pasando. En cuestión de minutos le pusieron al día de lo acontecido en las dos horas que el niño llevaba en el centro. Había empezado a vomitar y la fiebre le subió hasta extremos peligrosos. El médico le había visto y con cara muy seria le había comentado a la directora la gravedad del caso. Podía ser una meningitis fulminante. Había que llevarlo al hospital con la mayor urgencia. De hecho, ya habían llamado a la ambulancia. De la sorpresa inicial pasó al dolor y a la desesperación. ¿Por qué no la habían llamado antes? ¿Por qué estaba su niñito así? ¿Por qué no habían hecho algo para ayudarle?.

Las horas siguientes pasaron sin apenas notarlas, pero tenía en su retina todas las imágenes que se sucedieron. La ambulancia llegó, llevó al niño a urgencias, al hospital privado que quedaba más cerca del colegio. Allí certificaron su enfermedad: era una meningitis y no había tiempo que perder. Avisaron al hospital público de la ciudad y llevaron a su osito, a su muñeco, a su niñito casi sin vida. Le ingresaron en la UVI. Los seis días que pasó, monitorizado por completo, fueron la más grande agonía que en su vida pudo sentir. Ningún medicamento era eficaz. Hasta probaron uno nuevo que venía de Estados Unidos, pero no resultó. Su hijito murió en sus brazos. En esos momentos sintió la soledad y el frío. Ese frío que ni aún en los meses más calurosos de verano había conseguido olvidar. Ni su marido, ni su familia, ni sus amigos podían consolarla. Tampoco sabían cómo hacerlo, porque no soltó una sola lágrima. Fría y como si eso no fuera con ella, organizó todo para el sepelio del pequeño. Habló con la funeraria, ordenó coronas, avisó al personal de servicio y dispuso todo para que en su casa no faltara nada, porque sabía que iría mucha gente a visitarla y debía estar a al altura de las circunstancias.

Al entierro acudió una gran multitud. Todos comentaban su entereza, su saber estar. Era la perfecta imagen de la dignidad y la serenidad. Nadie, ni su propio esposo, podían sospechar sus verdaderos sentimientos. En esos momentos odió a Dios. Nunca había sido particularmente creyente. Sus padres la educaron en la fe católica, pero lo que había aprendido en su niñez, con los años se había ido desvaneciendo. Dios era un simple concepto. Pero entonces fue algo más. Algo a lo que aferrarse para odiarlo con todo su corazón. Ni bueno, ni magnánimo, ni todopoderoso. El único pecado de su hijo había sido el pecado original, con el que todos nacemos.

……………………

Llegó al centro donde acudía desde hacía once años con retraso. Allí le esperaba Natividad, con sus bracitos abiertos. “Mami Esperanza” –le gritó- ya pensaba que no ibas a venir. Y la tata Dolores me ha dicho que hoy teníamos que ir al médico y que a la salida, si me portaba bien, me ibas a comprar las chuches que me prometiste”. “No, mi cielo, es que como llueve mucho he llegado un poquito tarde, pero nos vamos ahora mismo.” Con infinita dulzura la abrazó para darle un beso. “Ves, mi niña, mami Esperanza nunca te va a fallar. Eso quiere decir que todos los días me verás, aunque esté malita”. La niña le hizo un arrumaco con su sucia mano en la cara, demostrándole el cariño que le tenía.

Subieron al coche y con algo de prisa de dirigieron al dermatólogo. La lluvia había cesado y lucía un tibio sol que apenas calentaba la mañana. Llegaron tarde a la consulta y tuvieron que esperar. Natividad se entretenía garabateando unas hojas que Clara siempre llevaba en su bolso, a sabiendas de lo mucho que la pequeña gozaba con ello.

La miraba fijamente y recordaba a otra niña, una niña alegre, muy feliz, que disfrutaba como ella pintando. Su familia no tenía dinero, pero siempre que podía, su madre se hacía con una caja de pinturas usadas que alguien le daba para tirar. Era lo bueno que tenía ir a limpiar casas ajenas, que siempre había algo que se desechaba y ella sabía cómo sacarle partido. Se tiraban demasiadas cosas todavía en buen estado. Clara había crecido en la pobreza, pero en su casa siempre fue feliz. Recordaba a su madre cantando, con una alegría desbordada, a pesar de estar trabajando sin parar.

Frecuentemente le decía: -“Mira Clarita, cualquier cosa que te propongas la vas a conseguir. Sólo tienes que desearla muy intensamente. A los ojos de Dios todos somos iguales y por eso, nadie podrá impedir que llegues tan lejos como quieras”- Y ella era muy soñadora. Se imaginaba mayor, en una casa llena de lujos, como aquella a la que su mamá le llevó una tarde porque estaba enferma y no tenía con quien dejarla. Allí todo era hermoso y hasta las copitas de fino cristal que su madre con sumo cuidado limpiaba, le parecían más bellas que las estrellas brillantes en las noches claras de verano. Esa tarde tuvo la certeza de que, algún día, ella viviría en una casa igual, donde nunca faltara de nada, ni siquiera un jardín lleno de pájaros libres que la acompañarían noche y día.

………………………

El Doctor Bermúdez salió a la puerta de su consulta para indicarles que entraran. Amablemente les señaló dos cómodas sillas dónde podían sentarse. Natividad estaba asustada. Era la primera vez que le veía y le pareció un señor muy serio, como el Padre Damián, pero con un enorme bigote que, a sus infantiles ojos, le daba un aspecto siniestro. Con temor, apretó la mano de Mamá Esperanza. El médico, nunca ajeno al miedo de la niña, le ofreció un caramelo, que rápidamente cogió y escondió entre su vestido. Clara acarició suavemente la cara de la pequeña y le explicó que el doctor era un señor muy bueno y simpático, que solamente quería ver las pequeñas quemaduras de sus brazos. Ella, convencida por la dulzura de su voz, accedió a mostrarle su heridas y, una vez pasado el primer momento, comenzó a parlotear incesantemente, explicándole muy seria al doctor cómo, ayudando en la cocina a la Tata Josefina, le había caído encima el cazo con agua para hervir los huevos de la ensalada. ¡Menuda era la cocinera cuando alguien hacía alguna trastada en sus dominios…!. Le había regañado y ella se fue llorando a contarle todo a su Mami Esperanza, que en esos momentos estaba jugando con una de las niñas nuevas que había llegado al centro.

Al acabar la consulta, salieron hacia el pasillo del hospital, no sin antes escuchar las últimas palabras del doctor, que le aconsejaba no olvidarse de aplicarle la pomada que le había recetado, tres veces al día. Natividad le hizo un mohín, que quería ser algo así como un beso de despedida, y él le devolvió el gesto con un simpático guiño.

Ahora ya sin prisa, se dirigieron hacia el coche, con la intención de ir al nuevo centro comercial que habían abierto en la ciudad. Desde el parking podían oler el delicioso aroma de los dulces, ya que la tienda de chuches era la primera de todas. Realmente era muy bonita y original. Desde luego, quien la había diseñado, sabía perfectamente cómo llegar al corazón de los niños. La puerta, cubierta de una capa de pintura marrón que parecía chocolate, estaba flanqueada por dos enormes bastones de caramelo (o al menos eso pensaba toda la chiquillería que por allí se acercaba). ¡Como no entrar!. ¡Era toda una tentación!. Una vez dentro, se dispusieron a llenar las pequeñas bolsas transparentes con todo el surtido de golosinas que veían a su alrededor. Clara le había indicado que no pusiera más de diez para cada niña, que luego la Madre Superiora les regañaría por glotonas. Y no pudo evitar que, nuevamente, los recuerdos afloraran en su mente. Veía con nostalgia aquella bombonera llena de caramelos que los Reyes le habían dejado al pie de la cama hacía tantos años ya. Su ilusión era idéntica a la de Natividad, con la salvedad de que entonces ella tenía 8 años y ese día su niña cumplía 18.

La llegada al colegio fue toda una fiesta. Las otras alumnas habían preparado una gran sorpresa para su amiga. Unas, le habían pintado unos dibujos que querían ser preciosos pájaros multicolores, como esos que ella les describía en las mañanas de primavera en sus historias inventadas o vividas. Otras, le habían hecho con arcilla pequeños recipientes para que pudiera cocinar sin que se quemara. Porque ella, de mayor, quería ser cocinera, como Tata Josefina, pero no con su mal genio, porque entonces nadie la querría. Le habían dicho que cuando era pequeñita, sus papás le habían dejado en ese centro, porque no podían ocuparse de ella. Y Natividad pensaba que a lo mejor era porque había sido mala con ellos, pero que algún día volverían a recogerla. Después de una maravillosa comida (su favorita, como no podía ser de otro modo), repartió toda ufana las bolsas de golosinas a sus amigas y todas aplaudieron y le cantaron una canción de cumpleaños que habían aprendido en secreto para la ocasión.

…………………………

Su pequeño Fernando, de vivir, tendría la misma edad de la niña. Ya hacía 14 años que se había ido y, aunque en su recuerdo era su infantil carita la que perduraba, trataba de imaginar cómo sería de haberlos cumplido. Un hombre alto y guapo como su padre, con ese estilo tan propio de la familia paterna. No pudo reprimir las lágrimas que, furtivamente, se le escaparon por las mejillas. ¡Cuántos años habían pasado!. ¡Cuán diferente era su vida ahora!. Dios, en su infantita misericordia, la había llamado, la había buscado, la había elegido de entre muchas otras de sus criaturas, para hacerle llegar el mensaje de lo que debía ser su vida. Su vida ….

A los tres meses de perder a su hijo, Clara despareció de su casa. Fue una mañana, en la que, repentinamente y como una autómata, metió en una bolsa un par de pantalones, algunas camisetas, ropa interior y dos pares de zapatillas y salió huyendo. No podía soportar más el dolor y necesitaba escapar, imaginar que nada había sucedido, imaginar que ella era otra persona –tal vez la que fue a los veinte años-. No pensó entonces en su hijo mayor, que tenía tan sólo nueve. Ni siquiera pudo imaginar que él también la necesitaba, tanto que había perdido la palabra, porque no podía soportar toda la tristeza que estaba viviendo. Era su manera de hacerse ver, de gritar en silencio que él también estaba con ellos, con papá y con mamá, que vivían ajenos al mundo, tratando de aparentar una serenidad que ni de lejos sentían.

Anduvo durante meses vagabundeando, sin ir a ningún lugar concreto, hasta que un día –eso es lo único que no podía recordar, por mucho que lo intentó- despertó ebria en medio de un grupo de hombres a los que de nada conocía. Estaba demacrada, casi en los huesos. Su único alimento era algún mendrugo que encontraba en la basura o la fruta que, lastimosamente, le daban en las tiendas del barrio marginal al que había llegado. Vivía para olvidar y el alcohol era su remedio. De haberla imaginado allí, nadie la habría reconocido. La hermosa mujer que tanto cuidaba su imagen, había dado paso a un ser casi transparente, como un espectro.

Había perdido la noción del tiempo y ya nada le importaba lo que ocurriera a su alrededor. Su marido la había buscado inútilmente, porque ella vivía en un submundo al que no llegaba ni la prensa. ¿Quién iba a pensar que aquella prostituta alcohólica y toxicómana podía ser la misma persona que meses atrás se movía en un ambiente tan elitista?. Sus compañeros de viaje eran pobres personas con un bagaje parecido al suyo. Tristes almas abandonadas a su soledad y a su amargura. En sus pocos momentos de lucidez ansiaba la muerte. Deseaba con todas sus fuerzas que un mal viaje la llevara de este mundo. Pero su instinto de supervivencia jugaba en contra de sus anhelos.

Una mañana, más necesitada que otras de su “dama blanca”, se acercó hasta la farmacia que había a tres calles de donde habitualmente pasaba sus horas de infierno. Entró con decisión a conseguir lo que fuera con tal de mitigar el frío que la estaba matando. Parecía que nadie quisiera escucharla. Temblorosa se acercó hasta el mostrador y presa de un ataque de histeria, sacó del bolsillo de su raído pantalón una navaja, que acercó, sin dudarlo un momento, al cuello de la joven auxiliar que, a punto de desmayarse, no consiguió articular un solo grito. La muchacha no podía reaccionar, ni siquiera era capaz de escuchar las palabras que balbuceaba Clara. Los recuerdos del momento eran difusos, pero tenía grabada la imagen de un hombre que intentó separarlas. Y de algo rojo que surgía como un río del cuello de la joven. Todo sucedió muy rápido, la intervención de la policía, la declaración en el calabozo donde estuvo detenida y hasta el cara a cara con el juez. En su mente las imágenes se mezclaban entre sí. Fue condenada a cuatro años de cárcel por robo con intimidación.

Para la mayoría de las personas la vida en presidio habría sido un tormento, Pero Clara, incapaz ya de sentir, se limitó a vegetar y a esperar cansina el día de su final. Vivía en un continuo abatimiento, muda, ajena a todo lo que se movía a su alrededor. No se relacionaba con nadie y por lo tanto, a los ojos de sus compañeras, era apenas una sombra. Eso la libró de las vejaciones continuas que eran la moneda de cambio en la cárcel. No acudía a los talleres de formación que le ofrecían. “¿Para qué? –pensaba- si yo lo que quiero es morir, que esta vida de infierno acabe de una vez por todas.”.

Una mañana, la funcionaria de turno le dijo que tenía una visita. Extrañada exclamó “¿quién, yo?”. “Si, tú eres Clara Buendía ¿no? Pues es a ti a quien viene a ver una abogada”. Mecánicamente se dejó conducir hasta la sala de visitas, donde le esperaba una señora de mediana edad y aspecto austero. No podía entender qué hacía esa mujer allí, quién le había hablado de su existencia. La letrado le tendió fríamente su mano, pero ella se limitó a fruncir sus labios en un gesto que trataba de ser algo parecido a una sonrisa. En pocos minutos le puso al corriente de su visita. Su –todavía- marido, se había enterado hacía unos meses de que estaba en la cárcel. Alguien le había puesto más o menos al tanto de lo que había sido el último año en la vida de Clara. Y, por dignidad hacia ella y respeto a su hijo, le solicitaba el divorcio y la custodia del niño, que esperaba aceptara de mutuo acuerdo. Tardó unos minutos en reaccionar, en asimilar las palabras de esa señora, de la que hacía tan sólo media hora ignoraba su existencia. Llevaba tanto tiempo sumida en su dolor, que no podía recordar nada de su otra vida, del hijo que había quedado al cuidado de su marido. Sintió una fuerte punzada en el pecho y de sus ojos, yermos de tanto dolor, brotaron las lágrimas. Instintivamente tuvo el presentimiento de que aquella noticia si era el final de su lastimosa vida y con un hilo de voz le dijo a la abogada: “-pero eso no puede ser, es mi hijo-”. “-¿Su hijo?. Y durante todos estos meses ¿ha pensado alguna vez en él?. Señora, no he venido a buscar su aprobación, sino a informarle de unos hechos. Como comprenderá, no está en condiciones de elegir. ¿Qué juez le daría la custodia de un menor a una drogadicta encarcelada?. Sea coherente y, por el bien de ese hijo, acepte las condiciones que le voy a proponer…

…………………………….

Natividad se sentía pletórica, nunca había tenido un cumpleaños así. Tantos presentes, todas las canciones y juegos pensados para ella. Y, lo mejor, había venido a verla la Madre Consuelo y le había llevado el regalo más bonito que jamás pudiera esperar. Bueno, el regalo más bonito se lo había hecho Dios, el día que Mami Esperanza llegó al colegio.

Clara saludó a la monja con un afectuoso beso. Tanto le debía, que por mucho que hiciera por ella, siempre estaría en deuda. Quedaba muy lejano el día que la conoció en la enfermería de la cárcel, donde despertó semiinconsciente después de intentar suicidarse. La Madre Consuelo sabía toda su historia (o al menos esa parte que otros no conocían y ella no quería olvidar). Fue ella la que le escuchó y aconsejó en tan difíciles momentos. Verdaderamente hacía honor a su nombre. Era una mujer de gran valor y fuerte carácter, con una dulzura sin límites, dispuesta siempre a ayudar a quien Dios le pusiera en su camino. Fue ella quien continuamente le recordaba las palabras de su madre, animándola a no rendirse ante nada, a conseguir lo que se propusiera, por imposible que pudiera parecer. Y la meta de Clara fue recuperar el amor de su hijo, por encima de la justicia humana porque, sabía que la de Dios estaba de su parte. La Madre Consuelo la ayudó para entrar en un proyecto de desintoxicación, le habló de las distintas fases por las que pasaría, del desánimo y el miedo que iba a sentir más de una vez, cuando viera que el camino a recorrer sería largo y muy duro. Y siempre la tuvo a su lado. A ella y a todos los hombres y mujeres que estaban en el mismo Proyecto. De eso hacía ya más de diez años, pero recordaba con infinito agradecimiento el día que llegó al Centro para discapacitados psíquicos Mater Misericordia, donde empezó a recobrar el amor por sí misma y por los demás.

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