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El vecino silencioso

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Hace cosa de un año, sucedió un hecho inesperado en el seno de mi familia. Un amigo de la infancia, recordando aquellos felices tiempos, se decidió a localizar a algunos de los niños con los que compartió juegos y aventuras. La mayoría seguía viviendo en la misma ciudad, pero a otros, el destino caprichoso los llevó lejos de allí. Con gran paciencia consiguió juntarnos a todos un lluvioso fin de semana y juntos rememoramos muchos  momentos alegres y otros tristes, porque alguno de esos niños nos dejó prematuramente.

Este cuento está escrito para nuestro querido Tomy, por todo lo que nos regaló ese día imposible de cuantificar. Por tantos y tantos recuerdos que evocamos. Esta es nuestra historia, la que vivimos juntos y aunque el silencioso vecino, protagonista del relato, tuviera otro nombre, todos conservamos su imagen en viejas fotografías y en un rinconcito  del corazón.

EL VECINO SILENCIOSO

Alonso es mi vecino, pero él no lo sabe. Es rubio, de pelo suave y sedoso, largas orejas y pequeños ojos negros. Le gustan las salchichas de pollo, las zanahorias y los bocadillos de jamón. Es dulce y paciente, aunque a veces, cuando mira de reojo, parece que va a estallar por no dar un buen mordisco.

 Apareció en nuestra calle hace algunos años. Llegó asustado, huidizo, temeroso de la gente, con el miedo del que viene de muy lejos y no conoce las costumbres del lugar. Pronto se adaptó a su nuevo entorno, a compartir con nosotros  tardes de limonada, juegos de cartas y chismorreos.

Vive en una casa abandonada, destartalada y sin puertas, solo, con la única compañía de un gato de porcelana que dormita sobre un viejo piano  al fondo del salón. En las tardes de verano se tumba, perezoso,  a la sombra de la vieja higuera que hay en el patio y se queda pensativo, contemplando a los gorriones que revolotean alegres. Cuando los niños de la calle pasan a verle se le iluminala mirada. Nada le place más que jugar a la pelota con ellos.

 Alonso es mi vecino y al pasar junto a mi puerta levanta la cabeza como buscándome y  le saludo tranquilo desde el alféizar de mi ventana, mientras me afeito, haciéndole un guiño. Es nuestra forma de entendernos, con gestos, porque las palabras nos son vetadas. Yo ya tengo muchos años y pocos dientes y si algunas mañanas de domingo, a escondidas de su madre, mi hija Julia me prepara unos torreznos,  él me mira babeando mientras como en el patio de mi casa, esperando recoger algún trocico que distraídamente le pongo en un plato.

 Mis piernas no son las de antaño y no puedo seguirle cuando voy hacia el quiosco a comprar una revista. Es entonces que se sienta, unos pasos más allá, a esperar pacientemente. Y me mira y en sus brillantes ojos percibo la resignación del que aguarda porque  se sabe más fuerte.

 Alonso es mi vecino y el vecino de Milagros. Todos los martes, a las cinco, la acompaña, silencioso, hasta la parada del autobús, repitiendo semana tras semana el mismo ritual. Ella sale de su casa con un hato de ropa para entregar y cierra la puerta con tres vueltas de llave. Es modista, de las de antes, de esas que te enseñan el revés del vestido para que veas que es impecable, porque no le importa el tiempo que tarda en acabar una prenda, sino que el resultado sea perfecto. Tiene una academia en el salón de su casa con cinco alumnas, más interesadas en los comadreos del barrio que en aprender corte y confección. Es morena, con buen cuerpo y bien garbosa y a sus cincuenta y cuatro años todavía sueña con encontrar un hombre refinado que la lleve al altar. También vive sola desde que murió su madre. Come sola, duerme sola, sueña sola, pero no se siente sola, porque Alonso es su amigo.

Alonso es mi vecino y el vecino de Sebastián, al que espera a menudo en la puerta de la taberna de Pepe, porque sabe que a eso de las nueve, el viejo cascarrabias sale tambaleándose, incapaz de encontrar el camino de vuelta a su casa. Y escucha con paciencia sus exabruptos, sin entender una palabra. Y aunque  no sabe interpretar esos cambios violentos en el ánimo del hombre,  agacha resignado la cabeza, esperando recibir el golpe seco que el viejo le propina, en un vano intento de mitigar la rabia que le consume día a día, desde que supo lo de su enfermedad. Algunos días de fiesta Sebastián y yo compartimos unos vinos y juntos nos reímos de nuestros años mozos, recordando fechorías y juergas ingenuas, compartidas o vividas. Y en ese momento se vuelve silente y en su rostro aparece una mueca de tristeza, tal vez recordando a su difunta esposa, o a su hijo, que marchó a hacer las Américas hace muchos años ya.

 Alonso es mi vecino y el de la señora Irene-la panadera-, del señor Mariano -el frutero- de Carlos -el carnicero-… de todos y cada uno de los comerciantes del barrio. A media mañana suele dar un garbeo por las tiendas, convencido de que algo caerá.  Muy ufano se pasea entre las comadres que aguardan su turno, mientras comentan los últimos cotilleos de la calle. Unas veces es una magdalena del día anterior, otras una zanahoria, o un pedazo de carne con hueso, mas nunca se queda en ayunas.  Cuando llega a la bodega se sienta ceremonioso ante la puerta. Allí no hay nada que comer, pero Pepe, el tabernero, siempre tiene una caricia para él.

 Alonso es nuestro perro, pero él no lo sabe. Es leal, buen compañero, de mirada tierna y andar altivo. No tiene pedigrí, es callejero, aunque por su porte se diría emparentado con un buen perro de raza.

 Los domingos bien temprano se acerca a la churrería a esperar  pacientemente a que lleguen los asiduos y ceremonioso rodea a Manolo mientras sirve desayunos, porque intuye que algún churro caerá.

Nadie puede resistirse a su encanto, ni siquiera “el Cordobés”, que regenta el puesto de golosinas y a pulso se ganó la fama de ser un “esaborío”.  Él, que detesta los chuchos, aguarda con alegría sus visitas esporádicas.

 Alonso es el compañero de juego de los niños.  Con ellos comparte correrías de bicis,  tardes de fútbol,  lecturas,  aguinaldos,  teatrillos y tantas y tantas cosas… Es el árbitro en peleas,  el sheriff jugando a indios, la mascota que orgullosos exhiben cuando se van a echar un partido con los chicos de la calle de abajo, cuyo perro es un “donlanas” que renquea y no puede competir en astucia, inteligencia y porte con el nuestro.

 Cuando algún desconocido le persigue y le amedrenta,  él le gruñe o le sortea.  Y molesto se aleja hacia su casa,  a tumbarse en la gastada alfombra que hace las veces de cama.  Allí se queda un buen rato y se lame su tristeza sin llorar. Porque no entiende  ni sabe de maldad.

Alonso es nuestro vecino

y nuestro amigo,

el de todos,

pero él no lo sabe

porque no tiene conciencia ni puede razonar.

Y tampoco sabe que le queda poco tiempo,

que su estancia entre nosotros

está a punto de acabar.

Cuando apague su mirada  y su cola no se agite

se marchará con el viento

en pos de la libertad.

De estrellas será su casa

y a la sombra de una higuera plateada,

perezoso y pensativo

nuestro perro  dormirá.

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  1. Precioso, estoy sin palabras, me ha encantado.

    Un beso guapa,

    Malen

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    • Cuanto me alegro de que os gusten mis cuentos. Y mucho más de que dejéis comentarios, porque eso siempre estimula al autor. Tú conocías un poquito la historia. Compartiste con nosotros ese fin de semana. Un beso.

      Responder
  2. Que hermoso. Se me pianta un lagrimón. Todos hemos tenido algún Alonso en nuestras vidas. Felicitaciones al autor.

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    • Muchas gracias Andre y me alegro mucho de que te guste. Cada vez que veía la foto del perro que tan gentilmente me ha dejado utilizar mi amigo Toni Cabré (el fotógrafo) sentía más ternura. Y siempre me acordaba del único perro con el que compartí juegos en mi niñez. Se llamaba Sultán y era de mi amigo Tomy (al que dediqué el cuento). Y se me ocurrió escribir algo sobre ese perro que de verdad era la mascota de todos los niños de mi calle. Los personajes sobre los que hablo son reales, yo los conocí. Evoca un poco la canción de Alberto Cortez (que me fascina). Sultán o Alonso era NUESTRO perro, porque lo que amamos lo consideramos nuestra propiedad (como dice el gran compositor argentino). Un beso.

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  3. Sí, “Sultán” era su nombre. Blanco y negro. Pequeño. Paciente con los niños. Muy inquieto. Mirada agradecida. Cariñoso con los vecinos. Desafiante con los desconocidos (y con el cartero). Sí, era el “sultán” del barrio y todos le queríamos mucho.

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  4. Fabuloso, sobre todo el final, cuando dices que es un perro, es genial. Y la poesía también genial. Pa que luego digas que lo tuyo es la prosa… jajaja.

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    • Pues no sé si muchos lectores se habrán dado cuenta, porque la intención precisamente es esa: no saber hasta casi el final del cuento que el vecino silencioso es un perro. En cuanto a la poesía…. unos versos sueltos al final de un cuento no hacen a nadie poeta. Gracias por tu comentario, Supervedo.

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  5. genial, una vez más… Ya se echaban de menos tus relatos. Pero valía la pena esperar. Yo tengo dos perros, ambos recogidos, uno de ellos también nos llegó con ese carácter asustadizo, de quien lo ha pasado mal. Y el cariño que les das lo devuelven triplicado. Fantástica historia Carmen! Y la poesía preciosa, coincido con los otros comentarios.

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    • Geles, muchas gracias por tu comentario, que también se echaba de menos. Curiosamente, lo mío son los gatos (tengo uno en mi casa y te aseguro que es el Rey). El cuento lo escribí por la deuda sentimental contraída con un maravilloso amigo de la infancia que consiguió reunir a casi todos los niños que compartimos juegos y también perro. Se llamaba “Sultán”, como dice Juan Luis y aunque su dueño era Tomy (o Tomás, que ya tiene unos años…) era de todos, porque todos le queríamos y le cuidábamos. Nunca más he tenido un perro tan cerca, pero verle en una foto es evocar la niñez que vivimos, que fue maravillosa. Me alegro mucho de que te guste. Intentaré no dilatar tanto en el tiempo mis próximas entregas “no gastronómicas”. Saludos cariñosos.

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      • aah! estupendo!!!!! esperamos entonces esas futuras entregas “no gastronómicas”. No te preocupes, aunque tarden aquí estaremos. Un abrazo.

  6. Hola Carmen
    Me alegro que al final pusieras esta historia tan entrañable
    Te ha quedado muy bien, deliciosa, cotidiana, cercana…
    Tambien me alegro de poder colaborar con la foto.
    Seguimos esperando mas relatos tuyos
    Besines

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    • Hola Toni,
      Yo me alegro de que (por primera vez) hayas comentado un cuento mío. Y, sobre todo, que te haya llegado al corazón. Imagino que los amantes de los perros, lo sentirán con mayor intensidad. Como dije a Geles, el perro con el que compartí horas de juegos se llamaba “Sultán” y era de una raza indefinida. No se parece físicamente al de la foto que tantas veces te he dicho que me gusta y que me has permitido utilizar (muchas gracias otra vez), pero creo que en el fondo, por muy diferente que sean las razas, la actitud de lealtad, cariño y presencia debe ser común a casi todos los cánidos.
      Tengo en mente la foto de la estación de tren (sabes que me fascina), así que, tendré que ponerme en serio con el relato que empecé hace un tiempo.
      Besines también para ti.

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  7. Me ha encantado. Es tierno, precioso y me ha llegado al corazón.

    Responder
    • Gracias Tomi por tu comentario. Viniendo de alguien como tú, amante de la escritura, es todo un honor. Me alegro mucho de que te haya gustado. Aparte del perro protagonista de mi niñez, nunca más he vuelto a tener otro (de hecho tengo un gato en mi casa), pero en aquél tiempo fue muy importante en nuestras vidas y cuando miro viejas fotografías en las que sale, no puedo dejar de pensar con nostalgia en todo lo que significó para nosotros. A ver si te animas y publicas cuentos tuyos, estaré encantada de leerlos. Un beso.

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  8. un lector apasionado

    Solo he leido dos cuentos tuyos,estos dos de esta página,y me gusta que en ambos mantengas el suspense hasta el final,despues de la completa presentación del principio de la narración,que nos atrapa como lectores,y nos encauza en busca de la última línea.Si al principio manejas con habilidad los personajes y sus circunstancias,con precisas y preciosas descripciones,tambien es cierto que el ritmo no decae en ningun momento y que el final,no por menos inesperado,no te deja con mal sabor de boca.El ritmo sigue presente,aun cuando el desenlace ya es conocido.
    Felicidades y ten por seguro que ganaste un lector,que ahora se zambullirá en todo lo que por aqui encuentre de ti.Un lector apasionado.

    Responder
    • Muchas gracias por el comentario que me has dejado, “lector apasionado”. Se nota que gozas de las letras y conoces ese mundo. Ya habrás leido los comentarios que he dejado a otros seguidores, por lo que no voy a explicarte la idea del cuento. Espero seguir contando con tus visitas al blog y , sobre todo, que al hacerlo disfrutes del contenido. Saludos.

      Responder

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