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Dos tiernos gorriones

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He podido observar que muchas personas  son muy dadas a decirse “te quiero” o “t.q.m.”, como suelen poner en los sms o correos que a menudo se envían. Da igual que al destinatario le hayan conocido la tarde anterior o sea un amigo de toda la vida. Me asombra la facilidad con que exteriorizan un sentimiento tan importante y -la mayoría de las veces- tan poco duradero en el tiempo. No  estoy muy segura de que realmente entiendan la magnitud de esas tres sencillas  palabras.

El “carpe diem” es su consigna y las vicisitudes o el sufrimiento no  entran en su concepto de  existencia. Hay que disfrutar el instante sin pensar en el futuro, por muy próximo que esté. Parece que la vida se les fuera a acabar unas horas después. Lo más curioso es que viendo las estadísticas, cada año aumenta el porcentaje de separaciones o divorcios.

Se han escrito muchísimas palabras sobre lo que es el amor. Borges decía que “Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única”. A un autor anónimo se le atribuye la frase ” Amor es encontrar en la felicidad de otro tu propia felicidad”.

¿Cuál sería su definición?  Creo que cada uno debe encontrar la suya, mas, por encima de todo, el amor debería ir   ligado a la entrega y a la lealtad.

Los protagonistas del cuento de hoy no son los amantes de las películas americanas, pero el suyo es un amor limpio y sin prejuicios.

DOS TIERNOS GORRIONES


La mañana se había levantado lluviosa y las nubes en el cielo pronosticaban más de lo mismo. Héctor era mi vecino y como hacía a diario esperaba en la parada del autobús. Pero hoy era mucho más temprano. No era habitual en él esa hora. Con cara absorta miraba el reloj mecánicamente,  denotando su nerviosismo. Su  cabello moreno estaba descompuesto. Parecía que acabara de saltar de la cama y apenas hubiera tenido tiempo de pasarse un peine, con las prisas de quien desespera por llegar. Tenía un rostro angelical, igual que el de un niño que rozara la adolescencia.

Resguardados bajo la marquesina, otros viajeros esperaban la llegada del dichoso autobús, que ese día se estaba retrasando de lo lindo. Tan absorto estaba en sus pensamientos que no pudo verme, ni oír lo que a su lado comentaban dos de esas personas. –Mira éste, que cara de tonto tiene- decía la primera –Para mí que le falta un hervor-, comentaba la segunda. Su cabeza ladeada le confería un aspecto extraño, entre la felicidad y la bobería. Pero cualquiera de los allí presentes, de haber entendido algo, como yo, que le conocía bien, prontamente se hubiera cambiado por él.

Al instante, una amplia sonrisa iluminó su rostro. Era la perfecta imagen de la felicidad. A lo lejos, una muchacha caminaba con paso torpe, como si sus pequeños pies no pudieran aguantar el peso de su redondo cuerpo. No era fea, pero su aspecto resultaba extraño. También llevaba el cabello alborotado y sus mejillas mostraban el rubor que sentía por verle. Se acercó sin dilación hasta su amigo y ambos se fundieron en un tierno abrazo.

-Vaya, la que faltaba- dijo con sarcasmo la señora engolada, que no le había quitado ojo al pobre muchacho desde que llego a la parada. Su compañera de trayecto le hizo un gesto cómplice y, sin disimulo, le comentó a su amiga –Si hija, tal para cual- Y con aire desabrido ambas caminaron hacia la otra parte de la marquesina, como si la presencia de esos muchachos, tan “raros y diferentes”, les fuera a contagiar algún mal incurable del que querían huir como de la peste.

Ajenos a todo lo que a su alrededor ocurría, Héctor y Esther se miraban tiernamente y sus palabras –inaudibles para los otros viajeros- formaban parte de un lenguaje que sólo ellos conocían. Eran cómplices en sentimientos, cómplices en carencias, estaban solos en un mundo hostil para ellos, pequeños gorriones sin alas, caídos del nido sin la posibilidad de volar.

El autobús llegó con más de media hora de retraso. Entre gritos y malas caras la gente fue colocándose como  pudo en los asientos libres y los espacios reservados para cochecitos de bebés. Ellos entraron pausadamente y saludaron al conductor con una expresión de alegría que resultaba extraña y placentera a la vez. Se situaron en el único hueco libre que encontraron.  Con prisa por la demora, arrancó el chofer y la mayor parte de los viajeros que iban de pie, tuvieron que sujetarse a lo que tenían más próximo. Héctor agarró por la cintura a su niña y ella apoyó tiernamente la cabeza en su hombro.

– ¿Me perdonas por haberte despertado a las cuatro?- le dijo Esther – ¿Sabes?, mi hermana me vio  y me preguntó qué hacía levantada a esas horas . No le conté que había puesto el despertador para poderte enviar el sms- No te preocupes, después me quedé mirando las estrellas- le comentó feliz Héctor- Pero es que por mi culpa no has podido dormir- afirmó con timidez la muchacha- Qué va, si no me quería dormir. No sabes lo bonito que estaba el cielo. Me he entretenido en contar todos los puntitos que he podido, pero la vista se me iba de uno a otro. Hasta me ha parecido ver escrito  tu nombre ¿Tú crees que no habrá una estrella en todo el firmamento que no se llame como tú?- preguntó con firmeza Héctor- Pero si has cogido el autobús de las siete, llevas más de una hora esperándome- le dijo con gesto pesaroso la niña- Que no pasa nada por eso. Que yo te voy a esperar todos los días a la misma hora en la parada. Pase lo que pase, aunque llueva mucho- expuso con terquedad.

Entre vaivén y vaivén, se miraban con dulzura. Parecían dos tiernos gorriones asustados, en medio de aquel gentío que les ignoraba.

No hubo un solo beso en todo el trayecto. Sus gestos amorosos se limitaban a miradas y caricias. Héctor se sentía el protector de esa personita que tanto le importaba. Era una niña. Era “su” niña. Desde el día que llegó  al centro donde estudiaban, tuvo la certeza de que nadie más que él la cuidaría en el mundo. La veía tan hermosa como el amanecer que tanto le gustaba contemplar. Su mirada era más brillante que la de todas las estrellas que había observado la noche anterior. Su piel era tan suave, que al sutil roce de sus dedos sobre su cara,  se le erizaba el vello de todo el cuerpo. Ningún terciopelo la podía igualar.

Los viajeros fueron bajando del autobús en sus diferentes destinos. Apenas quedaba una veintena de personas, alguna de las cuales les observaba con curiosidad. Sólo un anciano que llevaba sentado desde el principio del trayecto, les dirigió la palabra -Qué felices os veo, hijos míos. No permitáis nunca que el mundo os cambie.  Que nada os importe lo que piensen. Al fin y al cabo no podrán entenderos- Como pudo, se levantó de su asiento y acercándose a la muchacha, le acarició suavemente la mejilla, para dejar el autobús acto seguido.

Al llegar a su parada, bajaron cogidos de la mano sin reparar en mí. Había dejado de llover y algunos  rayos de sol iluminaron el cabello de Héctor. La muchacha miró al cielo y sonrió. Qué poco les bastaba para ser dichosos -pensé con alegría- Yo seguí mi camino. Sabía que se dirigían a la escuela para  deficientes mentales, donde diariamente cursaban sus estudios. Héctor tenía 25 años y Esther 22.

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  1. Precioso.. de nuevo. Me ha sacado una sonrisa en un día complicado. Dichosos los que encuentran el amor verdadero como el de tu relato y derrochan felicidad. Gracias Carmen.

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  2. Me alegra mucho que mi relato te haya servido para algo. Una sonrisa, a menudo es el mejor de los regalos que podemos ofrecer, cuesta muy poco y dice mucho. Gracias a ti por regalármela. Espero que sigas disfrutando de leer lo que escribo.
    Abrazos.

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  3. Pingback: Los números de 2010 | Cuentos y sartenes

  4. ¡Qué relato más tierno y conmovedor! Y muy real, pues he conocido a alguna pareja tal y como tú, tan magistralmente, has descrito.
    Un beso Carmen, y espero seguir leyéndote.

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    • Gracias por tu comentario, Tomi. El relato está inspirado en una pareja con la que coincidí un día en el autobús. Nunca más he vuelto a verlos, pero, como bien dices, me conmovió mucho su ternura. Un beso.

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