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La pluma

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Me encanta Ismael Serrano, aunque mi hijo no lo crea. Las letras de sus canciones me parecen fantásticas y a menudo me siento identificada con muchas de las cosas que dice.  “Sucede que a veces” es una de ellas. Ciertamente en algunas ocasiones la vida mata y te encuentras solo, sin rumbo, sobre todo si esa puñalada trapera del destino te llega en la adolescencia y te trunca los sueños. Sin embargo, tanto  lo malo como lo bueno tiene fecha de caducidad y aunque el humo a veces  ciega los ojos, siempre ocurre algo que transforma, para bien, nuestro futuro.

De la misma canción, me gustan especialmente estos versos: “Pero sucede también que sin saber cómo ni cuándo, algo te eriza la piel y te rescata del naufragio”.

El cuento que os dejo hoy trata sobre eso: de cómo a veces el hecho más insignificante puede cambiar nuestra vida. Sólo hay que ser capaces de verlo.


 

LA PLUMA

Era el día de su cumpleaños, pero a estas alturas de la vida, ya no tenía ganas de celebrar ninguna fecha especial. En realidad, ni siquiera se acordaba de que lo fuera. Sin embargo, había recibido un paquete a su nombre con una bella envoltura, un papel lujoso, suave al tacto, que denotaba buen gusto. Parecía algo importante, algo de alguien importante, para ella que no era nada importante. Dudó entre abrirlo o dejarlo en su mesa de trabajo, pero era curiosa por naturaleza y quiso saber quién era la persona que se lo había enviado. Con sumo cuidado desenvolvió la pequeña caja y observó que era muy bella, de madera lacada. ¿Qué podría haber en su interior? Algo delicado, sin duda. La caja contenía una pluma estilográfica, dorada, con diminutos dibujos que parecían ser notas musicales. Bajo la misma encontró una tarjeta que supuso le indicaría el nombre del remitente. Sin embargo sólo estaba escrito un lugar y una fecha: “Instituto Lope de Vega, Córdoba, 1970”.

Se sentó y se quedó pensativa. ¿Qué significaría ese mensaje? ¿Quién podía saber de ese lugar? ¿Cómo pudieron adivinar que le encantaba escribir con pluma?Habitualmente utilizaba bolígrafos en su trabajo —tenía un bote lleno, de distintas empresas publicitadas, de diferentes colores y varios tamaños— y nunca la usaba, porque para ella era algo íntimo. La tinta de una pluma era como la sangre, a veces fluía ligera y constante y otras quedaba atascada. Entonces temía que fuera a explotar, como su corazón. Sí, la pluma era algo personal, algo suyo, algo que iba mucho más allá de la sensación de propiedad. Como nadie podía entenderlo, con ningún ser humano había compartido ese pequeño secreto.

Y la fecha y el lugar… estaban en esa parte de la memoria que le gustaba recorrer de tanto en cuanto. “Pasear por los recuerdos”, así llamaba Manuela al hecho de rememorar momentos felices de su adolescencia. Eran lo mejor de su vida. Entonces estaba llena de ilusiones, tantas, que pensaba que cien años no le bastarían para realizarlas todas. Quería ser escritora y violinista. Quería volar y ver mundo. Quería ser actriz e historiadora. Quería ser enfermera para cuidar a los demás. Quería… ¡tantas cosas que se olvidaron en el camino!. ¿Dónde se había quedado la persona que fue? ¿Quién era ella realmente ahora? Un ser corriente, como tantos y tantos, como millones de humanos que ven desvanecerse sus sueños día a día  al crecer, al hacerse mayores.

De todos aquellos deseos sólo le quedó el gusto por la escritura, aunque se consideraba mediocre y jamás había enseñado escrito alguno a sus familiares o amigos. Y la pasión por la música, especialmente la clásica, que le hacía sentir una gran paz interior.

Con delicadeza extrajo la pluma del estuche y la acarició. Una leve sonrisa dibujó su rostro. Alguien, que debía conocerla bien, le había enviado en un solo regalo sus dos pasiones.

El sonido del teléfono la devolvió a la realidad.

—Sí, está llamando a Gráficas del Mundo. Sí, hemos recibido su e-mail con el boceto de sus carpetas. Sí, dentro de la semana próxima le enviaremos el diseño para su aprobación. Sí, en el caso de que lo acepte se le facturará en un plazo de dos meses…

Iba repitiendo aquellas frases de forma mecánica, mientras miraba el regalo que había recibido. La rutina diaria había apagado todas sus ilusiones y los días se apilaban en su vida sin pena ni gloria. ¿En qué parte de su corazón se escondía la Manuela adolescente…?

Cerró los ojos evocando a la  niña que fue, una alumna aventajada en el conservatorio porque amaba el violín, lo sentía como una prolongación de su cuerpo…

Su maestría con el arco le hacía destacar sobre sus compañeros. Las horas diarias que dedicaba a ensayar, eran las más placenteras. A menudo, su padre se quedaba embelesado escuchándola y admiraba esa disciplina tan suya, que rayaba la terquedad. Siempre pensó que ella  llegaría muy lejos, quizás porque él nunca pudo dedicarse a la música, considerada como un “placer mundano” en su familia, que sufrió como tantos otros las penurias de la posguerra. De alguna manera percibía a Manuela como lo que él no pudo ser y en esos momentos sentía que la vida, a través de su hija, le devolvía las ilusiones que la guerra le arrebató. Y ella le adoraba. Por eso, uno de los “paseos por los recuerdos” que más le gustaba revivir era el día que, con dieciséis años interpretó junto con sus compañeros, en el Gran Teatro, “Las Cuatro Estaciones”. Estaba muy nerviosa, pero  notar la presencia de su padre al otro lado del escenario, la reconfortaba. Qué orgulloso se sintió cuando el director de la joven orquesta les dijo: –Si Vivaldi levantara la cabeza sonreiría con afecto, al ver vuestro entusiasmo y destreza interpretando su obra. Enhorabuena a todos y especialmente a ti, Manuela. Eres una magnífica solista.

Qué lejano le parecía eso ahora. ¿Por qué el destino le arrebató de golpe todas las ilusiones? Nunca llegó a ser la violinista soñada por su padre, quien murió sólo dos años después de aquel concierto, lo que obligó a su familia a trasladarse a otra ciudad, con el ánimo de empezar una nueva etapa en su vida.

Todavía le quedaban unas horas hasta acabar la jornada laboral. El recuerdo de su progenitor la sumió en una profunda tristeza, la misma que sintió al dejarla huérfana, perdida. Nunca se recuperó y la melancolía fue su diaria compañera desde entonces. Manuela lo sabía y le gustaba recrearse en su pena. A veces pensaba con añoranza en la niña de antaño y era entonces cuando dejaba volar su fantasía y sus sentimientos a través de alguna de las plumas que conservaba en su casa. Escribía para sacar la rabia y la soledad que llevaba dentro. Y se refugiaba en su mundo, ajeno al resto de las personas que compartían su vida diaria. En eso era terca, lo mismo que cuando ensayaba con su violín o trataba de componer  esas gloriosas melodías que le harían famosa. Las gotas de tinta que ocasionalmente manchaban cualquier hoja en blanco, las veía como minúsculas notas de un pentagrama,  esparcidas al azar por una mano misteriosa.

Y esa pluma, con sus diminutas inscripciones musicales… Notó como un nudo en la garganta  y dos furtivas lágrimas asomaron a sus ojos. ¿Quién le había enviado ese regalo tan significativo?

Abstraída como estaba, no se dio cuenta de la presencia de las personas que sigilosamente habían entrado en su despacho. Sorprendida, miró con recelo y estupor a sus visitantes y entre todas las caras amigas reconoció al instante la del que fue su profesor en el conservatorio, ahora ya convertido en un anciano de mirada dulce y sonrisa franca, que se acercó hacia ella para fundirse en un cálido abrazo.

—Manuela —le dijo— eres demasiado joven para rendirte. Aún tienes tiempo de hacer realidad tus ilusiones. Lucha por lo que verdaderamente amas y deja de compadecerte. Siempre confié en ti y sé que lo conseguirás. Puedes y debes ser feliz, porque sólo en tus manos está el escribir la partitura de tu vida.

Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que ese, en verdad, era un día muy especial, el de su 42 cumpleaños.

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  1. Precioso relato. A pesar del paso del tiempo, es importante que conservemos la ilusión… 🙂

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  2. Gracias Miguel Ángel. Creo que eres mi fan número uno. Espero que sigas disfrutando con todo lo que publico.

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  3. Hay que tener mucha imaginación y mucho gusto para escribir cosas tan bonitas. Cada vez te mejoras a ti misma. A este paso no se donde llegarás, pero seguro que muy lejos.

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    • Gracias Juan Luis por ese comentario tan alentador. Como digo en este último cuento, la letra de nuestra vida la escribimos cada uno de nosotros día a día. Importantes son las metas, pero mucho más los pasos que se dan, siempre mirando hacia delante.

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  4. Nunca es tarde, verdad??? Gracias por otro precioso relato.

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    • No Geles, nunca es tarde, te lo aseguro. Sólo hay que buscar en nuestro interior y localizar aquello que más felices nos hace. Después hay que creer en uno mismo y tener fe en conseguir nuestros propósitos. Por último, hace falta paciencia, porque todo lo que vale la pena no se consigue en un día.
      Gracias a ti por leerme y por tus comentarios.

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  5. Todo es posible si te lo propones de verdad, es cuestión de ponerle muchas ganas e ilusión. Sí, vamos cambiando con el paso del tiempo, y a veces desearíamos volver atrás, pero lo más bonito de la vida es todo lo que has vivido, estás viviendo y te queda por vivir.
    Gracias por tus relatos, son realmente inspiradores.

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  6. A mi también me encanta Ismael Serrano, desde sus principios. Pero, por preciosas que sean, prefiero tus letras a las de él, porque a tí te conozco desde que nací y sé de dónde salen, porque de alguna manera me veo identificada en todos y cada uno de los relatos, porque siempre hay algo que en ellos que me conecta a nuestra infancia, a nuestra vida en común. Gracias.

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    • Gracias Lourdes. Si, de alguna manera muchos de los cuentos que escribo tienen algo que ver con lo vivido y, por supuesto, compartido contigo. ¡Y lo que nos queda!. Un beso.

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